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lunes, 25 de abril de 2011

Una vez me enamoré de un poeta

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan culto!
Todo el día leyendo
versos sueltos de Salinas
y sonetos de Quevedo.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan profundo!
Todo el día escribiendo
sobre borrachos como Bukowski
o sobre olivos como Machado.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan sensible!
Veía un gorrión,
sacaba su cuaderno
y anotaba unos ripios.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan altivo!
Como él era tan elegante
que veía en VO cine checo
de autores cuyos nombres
solían terminar en -ovski,
fumaba en pipa
y leía versos de Georg Trakl,
podía mirar a sus lectores
por encima del hombro,
que total,
-no está hecha la miel
para la boca del asno-
solía decir.

Una vez me enamoré de un poeta.
El tío era un dandi en sus poemas.
Y un patán en la vida real.


Sweet

sábado, 23 de abril de 2011

Arena

-Estás muy bien desde que no nos vemos. ¿Cómo te va?

-La verdad es que me va genial. Aprobé la asignatura que tenía pendiente. Encontré trabajo. Me fui a vivir con Daniela.

Mentira. Desde que ella se fue, vivía bajo la BSO de las consecuencias, al ritmo de los órganos. Entre sístole y diástole. La semana pasada encontré tu liguero azul en mi casa- pensé. Sigo viviendo al día. Hoy es sólo un tirón. Y el amor. El amor aún no ha respondido sobre mí. Hoy mi realidad describe a un solitario. Es cierto que siempre hubo mujeres en la bodega. Pero yo estaba muerto. Fui un muerto atendiendo a los cuervos. Y todas eran iguales. Y ninguna como ella. Era como si alguien hubiera hecho copy & paste con mi vida. Con el tiempo incluso las trataba según un protocolo. Me tatué la costumbre. Ni rastro de la originalidad de la que con ella hacía gala. Siempre era la misma historia. Chico conoce a chica. Chica conoce mi vida y la rutina. Chica huye. No podía culparlas.

Pero tranquila, chéri. He tenido muertes peores. Tú ya sabes perderte. Yo sigo en mi camino. Cuando no seas arena, dejaré de encontrarte en él.

Sweet

jueves, 3 de marzo de 2011

Crónicas del poeta iluso

Ella era una soñadora, una de esas personas de alma sutil que encuentran poesía en lo vulgar de la ropa tendida al sol. Una de esas mujeres que buscan a un bailarín experimentado de la cuerda floja para hacer malabarismos con sus silencios a media tarde. Y lo encontró.
Él era un mimo de lo cotidiano, un escultor de las palabras. No tardó en hacerla actriz principal de los poemas más tórridos, de los relatos más leves y de las funciones donde el mundo no era más que un simple extra sonrojado a la sombra de la presencia de ella. Era un simple títere mecido en manos de la poesía, a la que se acostumbró a tratar como a ese monumento adolescente que se podía permitir el lujo de rehusar un baile con un tipo como él. Exactamente igual que su musa.



Sweet


viernes, 11 de febrero de 2011

Comienzos

Érase una vez... No, no me gusta empezar así una historia. ¿Qué pensáis? ¿Quedaría mejor un “había una vez”, un “érase que se era” o un “dicen qué”? ¿No? ¿No opináis? Podríais sugerir algo en lugar de limitaros a leer. Aunque me acabo de dar cuenta de que ya he empezado, y justo de la forma que menos me gusta, con un “érase una vez”. Empezar una historia siempre me pareció lo más difícil. Mi abuela solía decirme que para empezar a contar una historia sólo hace falta una cosa: un café cargado, y siempre se burlaba de los escritores que decían en sus entrevistas que lo más importante era la visita de las musas... Supongo que cada uno las llama como le viene en gana. Mi abuela no sabía leer. Ella no daba conferencias, ni publicaba libros, y tampoco concedía entrevistas en revistas culturales, pero sabía contar una historia. Cuando era pequeña, todas las noches me contaba un cuento. No un cuento cualquiera, de los que tienen princesas, castillos y hombres lobo, sino una cuento sobre ella. ¿Un cuento sobre ella? Sí, un cuento sobre ella. Tomaba cualquier anécdota, la más tonta, la más insignificante, y hacía un relato con ella. Era magnífico escucharla. Con su café cargado en las manos a las diez de la noche, su bata de andar por casa y el tono cadencioso de su voz... Y os digo una cosa: no sólo conseguía estructurar la historia que ya le gustaría a la mismísima Isabel Allende, sino que hacía partícipe de la historia a todo aquel que tuviera la suerte de escucharla. Sí, creo que a ella también la visitaban las musas (perdón, era culpa del café!)... Vaya, os dejo. Creo que acaba de venirme la inspiración. Voy a empezar con...



Sweet

martes, 8 de febrero de 2011

Mi chica

Mira, tío, ¿ves a aquella de allí? La morena. Esa es mi chica. Mira qué ojos, mira qué boca, mira qué manos, mira qué piernas. Mira con qué garbo pide un whisky. Mira con qué glamour enciende ese cigarrillo. Mira con qué soltura se mueve hacia aquí.
Y no sólo eso. Es capaz de seguir la letra de cualquier canción. La que sea. Y puede recitar de memoria los sonetos clásicos, recomendarme las mejores películas. Mi chica es tan inteligente...
Mi chica es capaz de bailar sin moverse del sitio, de componer silencios y de nadar entre las dudas. Mi chica es increíble entre las sábanas. Mi chica es alucinante.
Creo que la voy a cambiar por una de esas más planas.



Sweet

lunes, 7 de febrero de 2011

sábado, 15 de enero de 2011

La chica que aprendió a volar con plantas


La historia de una chica que se sentaba al principio de la clase y siempre levantaba la mano para contestar. Una con la mirada limpia y la mente turbia. Una que tenía la cualidad de no hacerse visible sino cuando era imprescindible. Una que aspiraba, por encima de cualquier otra cosa, a levitar como una pompa de jabón. Leve e irrisoria.
Esta es la historia de una chica que aprendió a volar con plantas.


lunes, 10 de enero de 2011

Ausencia



-Entonces, no está olvidado, ¿no?
-No lo entiendes. Lo que estaba tratando de explicarte es esa sensación de cuando crees que todo está superado, que nunca más volverás a caer en eso, que todo ha pasado ya... Y sin embargo, cuando te lo encuentras de frente, y a pesar de saber que fue tu error número uno, dos, tres y cuatro; y siendo consciente de que se acabará volviendo en contra tuya, que está del todo mal y que no es en absoluto lo sensato; no puedes evitar desear que fuese tu error número cinco, y el número veinticuatro, y el número cincuenta y nueve, y el doscientos ochenta y tres...


martes, 28 de diciembre de 2010

Pájaros en la cabeza

"Y perdí la cuenta de las veces que te amé..."
Extremoduro, Jesucristo García

Empezaron a intimar con las primeras lluvias aciagas de octubre.
En las interminables charlas crepusculares, él le confesaba que le fulminaron sus caderas rotundas, su pelo de fuego y sus labios encarnados, y aderezaba su relato con vagas promesas de pasiones venideras que no podían ser consumadas entonces porque era un hombre ajeno, de una mujer que no tenía caderas rotundas ni pelo de fuego, a la que no estaba unido por el milagro de la complicidad, y a quien en cientos de ocasiones le juró que abandonaría, pero no entonces, sino cuando encontrase la ocasión, porque él era persona de tomarse las cosas tal como vienen, y, como le recordó en tantas ocasiones, el amor no puede ser forzado.
Ella esperó pacientemente los vanos frutos de sus promesas, desesperando en infinitas ocasiones y prometiéndose abandonarlo de una vez por todas a su suerte, forzándose a identificarlo en nuevos hombres que terminaba por desdeñar porque no conseguían perfilar ni la más remota sombra de lo que ella anhelaba, hasta que la fuerza de la costumbre y el agotamiento de la paciencia más inagotable terminaron por demostrarle que el hombre a quien había amado durante tanto tiempo no era sino el producto vano de la más vana y ferviente imaginación, y que la dicha pasajera y el cansancio que siempre habría de vincular a su recuerdo jamás bastarían para desvanecer sus propias e incontenibles ansias de continuar la búsqueda, aplazada en innumerables ocasiones a fuerza de confiar en la que en incontables veces confió que sería la última vez que esperaba casi sin esperanzas a que probablemente no sucediese nada.

Sweet

Confesiones



-¿Y qué tal te fue?
-Intentó besarme. Me aparté, ¿sabes?
-¿Y por qué hiciste eso? Creí que era un buen tipo.
-Porque creo que te quiero.
-…
Jamás debí haber dicho aquello.


domingo, 14 de noviembre de 2010

Hastío


Ahora que lo pienso, podría contarte muchas cosas...
Podría, por ejemplo, explicar que me fui para volver a ser yo,
que huía de la mirada venenosa que devolvía mi espejo,
que tu olor en mis sábanas era ahora el olor del olvido...
Sin embargo, lo que jamás se me ocurriría confesarte es que aún te echo de menos.
Nunca, y digo nunca, reconocería que la melancolía está pudiendo conmigo,
que esconderme detrás de un papel en blanco se ha convertido en mi refugio,
y que se me está cayendo el alma a cachos.
Y así pasa otro día. Igual al de ayer.
Lento tic-tac ensordecedor.
¿Se puede saber dónde te has metido?
Incansable, como el correcaminos, te sigo buscando…
Gris. Vacío.
Vacío. Gris.
Así, se suceden fotocopiados.
Pasa un día y otro y otro…
Se está empezando a volver insoportable.
Oigo debatir a mi conciencia.
Todo pasará, mas, ¿cuándo?
Tal vez la solución fuese parar de ansiar volver a encontrarte detrás de cada esquina;
Dejar de buscarte en el regusto de un cigarrillo o en el fondo de una botella de ron;
Abandonar la costumbre de arremeter contra el puto mundo que no deja de materializarte;
No volver a intentar sentirte cerca en cualquier cosa que se parezca a ti;
Intentar que anoche fuese la última vez que deseé que el azar nos cruzase;
Luchar por controlar el pum-púm del pecho si te me acercas…
Probablemente ya rompiese el último hilo que me ataba a la cordura.
Mientras, camino nocturna, cabizbaja;
Intentando ahogarte en una canción tras otra;
Mientras siento desgastárseme el alma por el tedio;
Mientras imagino tenerte enfrente y poder dejar de sentirme errante;
Mientras derrocho las pocas energías que me quedan deseando traerte de vuelta…
Me suele ocurrir…
Pero me juro que se me pasará…
Porque tiene que pasar...
Sí.
Pasará.


Sweet