lunes, 6 de agosto de 2012
Irina
domingo, 8 de enero de 2012
Memorias de domingo noche
lunes, 25 de abril de 2011
Una vez me enamoré de un poeta

sábado, 23 de abril de 2011
Arena

-Estás muy bien desde que no nos vemos. ¿Cómo te va?
-La verdad es que me va genial. Aprobé la asignatura que tenía pendiente. Encontré trabajo. Me fui a vivir con Daniela.
Mentira. Desde que ella se fue, vivía bajo la BSO de las consecuencias, al ritmo de los órganos. Entre sístole y diástole. La semana pasada encontré tu liguero azul en mi casa- pensé. Sigo viviendo al día. Hoy es sólo un tirón. Y el amor. El amor aún no ha respondido sobre mí. Hoy mi realidad describe a un solitario. Es cierto que siempre hubo mujeres en la bodega. Pero yo estaba muerto. Fui un muerto atendiendo a los cuervos. Y todas eran iguales. Y ninguna como ella. Era como si alguien hubiera hecho copy & paste con mi vida. Con el tiempo incluso las trataba según un protocolo. Me tatué la costumbre. Ni rastro de la originalidad de la que con ella hacía gala. Siempre era la misma historia. Chico conoce a chica. Chica conoce mi vida y la rutina. Chica huye. No podía culparlas.
Pero tranquila, chéri. He tenido muertes peores. Tú ya sabes perderte. Yo sigo en mi camino. Cuando no seas arena, dejaré de encontrarte en él.
jueves, 3 de marzo de 2011
Crónicas del poeta iluso

viernes, 11 de febrero de 2011
Comienzos

Érase una vez... No, no me gusta empezar así una historia. ¿Qué pensáis? ¿Quedaría mejor un “había una vez”, un “érase que se era” o un “dicen qué”? ¿No? ¿No opináis? Podríais sugerir algo en lugar de limitaros a leer. Aunque me acabo de dar cuenta de que ya he empezado, y justo de la forma que menos me gusta, con un “érase una vez”. Empezar una historia siempre me pareció lo más difícil. Mi abuela solía decirme que para empezar a contar una historia sólo hace falta una cosa: un café cargado, y siempre se burlaba de los escritores que decían en sus entrevistas que lo más importante era la visita de las musas... Supongo que cada uno las llama como le viene en gana. Mi abuela no sabía leer. Ella no daba conferencias, ni publicaba libros, y tampoco concedía entrevistas en revistas culturales, pero sabía contar una historia. Cuando era pequeña, todas las noches me contaba un cuento. No un cuento cualquiera, de los que tienen princesas, castillos y hombres lobo, sino una cuento sobre ella. ¿Un cuento sobre ella? Sí, un cuento sobre ella. Tomaba cualquier anécdota, la más tonta, la más insignificante, y hacía un relato con ella. Era magnífico escucharla. Con su café cargado en las manos a las diez de la noche, su bata de andar por casa y el tono cadencioso de su voz... Y os digo una cosa: no sólo conseguía estructurar la historia que ya le gustaría a la mismísima Isabel Allende, sino que hacía partícipe de la historia a todo aquel que tuviera la suerte de escucharla. Sí, creo que a ella también la visitaban las musas (perdón, era culpa del café!)... Vaya, os dejo. Creo que acaba de venirme la inspiración. Voy a empezar con...
martes, 8 de febrero de 2011
Mi chica





