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lunes, 6 de agosto de 2012

Irina

Ayer vi a Irina. Llevaba el vestido azul que me gusta tanto. Ya lo llevaba en nuestro primer encuentro. Creo que conocí a Irina la noche que me despidieron de mi primer trabajo. O quizás fue en la reunión de personal. Ya no me acuerdo.
Yo nunca le gusté demasiado a Irina. No la culpo. Una mañana me dijo que a qué hombre se le ocurriría llevar al trabajo una camisa sin mangas. Ya ves tú. Ah, Irina. La verdad es que me había puesto muy gordo aquel año. Creo que fue también por aquel entonces cuando empecé a fumar. Fumaba mucho. Demasiado. Algunas mujeres me miraban lascivas cuando fumaba. Irina nunca lo hizo. Y la verdad es que tenía razón, apestaba.
Irina a veces me parecía estúpida. No recuerdo haber hablado con ella de otra cosa que de ella misma. Irina era estúpida, sí, pero qué piernas. Un día se levantó el vestido para abanicarse. Me parece que por eso decidí escribirle aquella carta. No me malinterpreten, no era una carta de amor. Aquello no era amor, no podía serlo. O quizás sí. Al fin y al cabo, qué sabrán ustedes del amor. ¡O yo!
Le dije que se viniese a casa después de cerrar, que había cambiado las sábanas para la ocasión. Nunca la había visto tan enfadada. Que a quién se le ocurre, dijo. Que quién me había pensado que era. Que esa no era la manera de tratar a las mujeres. La verdad es que me puso un poco cachondo. Se le meneaban las tetas mientras me gritaba. Y Señor, ¡qué tetas!
Poco después de aquello, la trasladaron. Nunca volví a verla. Hasta ayer. Y llevaba el vestido azul que me gusta tanto.

domingo, 8 de enero de 2012

Memorias de domingo noche

I
Cuando conocí a Elías, yo trabajaba en la librería que mi tía Cristina tenía en el centro. Por lo visto, aquel trabajo de mierda era lo máximo  a lo que podía aspirar alguien con unos intereses como los míos. Yo tenía veinte años y no había un día en el que no me preguntara qué coño estaba haciendo con mi vida.
Aquel día estaba a punto de cerrar y Elías entró por la puerta lateral. Había tenido un día horroroso entre pedidos y facturas, así se me olvidó todo el código de protocolo con el cliente y fui todo lo agradable que era normalmente, que solía ser poco.
-Estaba cerrando, pensé que había echado la llave de la puerta principal.- le dije.
-Lo sé, pero necesitaba urgentemente un manual. Además, la puerta lateral estaba abierta.
-Deberías haber llamado, al menos. Pasa. Ni se te ocurra decir por ahí que atiendo aún estando la puerta cerrada.
-Parece que has tenido un mal día.
-No solo lo parece.
Así que le vendí aquel puñetero manual. Me invitó a un café y yo pensé que no estaría mal despejarme un poco antes de volver a casa. Aunque sí que estuvo mal. Claro que yo no podía saberlo entonces.



II
Una semana después, sonó el teléfono de la librería. Yo estaba en la trastienda, desempaquetando un pedido enorme de esa mierda pseudo intelectual que la gente lee sólo porque son los libros más vendidos del momento.
-Librería Beckett, dígame.
-Ana, soy Elías. Pasaré por la tarde haciendo recados por el centro. Me preguntaba si te apetecería tomar una copa al cerrar.
Acepté. El tío medía uno noventa y tenía esa seguridad chulesca que me resultaba al  mismo tiempo tan molesta como intrigante. Tenía los ojos azules. No me gustaban los ojos azules, me daban la sensación de vacío.
Por lo visto, siempre había querido ser guitarrista. Incluso había formado parte de una banda, pero había tenido que dejarlo cuando tuvo un accidente. Algo relacionado con la mano derecha, pero ahora no lo recuerdo. Tenía una enorme cicatriz en esa mano. Yo siempre me fijaba mucho en las manos de los hombres. Las manos de Elías eran excesivamente femeninas, pero aquella marca consiguió ablandarme. De hecho, probablemente nunca hubiese pasado lo que pasó después de no haber sido por aquella cicatriz.

III
Aquella noche Elías me contó que tenía novia. Hizo un par de comentarios obscenos sobre mis labios rojos y luego insistió en acompañarme a casa. Para entonces, las copas que había tomado me hicieron obviar aquellas manos femeninas y sus ojos vacíos, así que lo invité a subir.
No recuerdo muy bien cómo, pero cuando quise darme cuenta, estaba sin ropa sobre la cama. No era muy bueno. Le guié un par de veces hacia donde realmente estaba lo que él pensaba que estaba donde estaba tocando, pero nunca hacía caso. No llegué al orgasmo. En realidad nunca llegué durante aquellos dos años.
-¿Te ha gustado?- me preguntaba después.
-Pásame el cigarrillo.
Nunca insistía. Él ya sabía la respuesta, pero era feliz sin que yo la verbalizara.

IV
Diez meses más tarde, todo seguía igual. Elías seguía estando con Valeria y yo le invitaba a subir a casa después de un par de copas al terminar el turno en la librería.
A mí me tocaban la fibra sensible algunos temas: la cicatriz de la mano, la forma en la que me decía <deberías dejar ese trabajo>, los calzoncillos descoloridos en el suelo, los pelos pelirrojos en la barba, la forma de separarme las piernas, cómo me besaba la cintura o incluso aquel estúpido gusto por la música electrónica; pero cuando me sentía cómoda con un hombre, no podía evitar fijar en mi mente la imagen de dos personas sentadas frente a un café, en silencio porque ya no tienen nada que decir, porque ya lo saben todo el uno del otro y porque ya no hay nada que pueda sorprenderles, y a mí lo que me iba era imaginarme al caballero de turno en aquella situación y luego morirme lentamente por dentro, sin atreverme a decir nada.


V

Así siguieron transcurriendo los meses. Hasta aquella mañana.
-Ana, me estoy volviendo loco. Tengo que terminar con esta situación, tengo que tomar una decisión.
-Está bien. Me gustaría verte esta tarde. Pasa por casa sobre las seis.
Claro que cuando vino a verme, él ya sabía a la perfección lo que tenía que hacer. Y por otra parte, eso fue exactamente lo que hizo.

lunes, 25 de abril de 2011

Una vez me enamoré de un poeta

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan culto!
Todo el día leyendo
versos sueltos de Salinas
y sonetos de Quevedo.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan profundo!
Todo el día escribiendo
sobre borrachos como Bukowski
o sobre olivos como Machado.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan sensible!
Veía un gorrión,
sacaba su cuaderno
y anotaba unos ripios.

Una vez me enamoré de un poeta.
¡Qué chico tan altivo!
Como él era tan elegante
que veía en VO cine checo
de autores cuyos nombres
solían terminar en -ovski,
fumaba en pipa
y leía versos de Georg Trakl,
podía mirar a sus lectores
por encima del hombro,
que total,
-no está hecha la miel
para la boca del asno-
solía decir.

Una vez me enamoré de un poeta.
El tío era un dandi en sus poemas.
Y un patán en la vida real.


Sweet

sábado, 23 de abril de 2011

Arena

-Estás muy bien desde que no nos vemos. ¿Cómo te va?

-La verdad es que me va genial. Aprobé la asignatura que tenía pendiente. Encontré trabajo. Me fui a vivir con Daniela.

Mentira. Desde que ella se fue, vivía bajo la BSO de las consecuencias, al ritmo de los órganos. Entre sístole y diástole. La semana pasada encontré tu liguero azul en mi casa- pensé. Sigo viviendo al día. Hoy es sólo un tirón. Y el amor. El amor aún no ha respondido sobre mí. Hoy mi realidad describe a un solitario. Es cierto que siempre hubo mujeres en la bodega. Pero yo estaba muerto. Fui un muerto atendiendo a los cuervos. Y todas eran iguales. Y ninguna como ella. Era como si alguien hubiera hecho copy & paste con mi vida. Con el tiempo incluso las trataba según un protocolo. Me tatué la costumbre. Ni rastro de la originalidad de la que con ella hacía gala. Siempre era la misma historia. Chico conoce a chica. Chica conoce mi vida y la rutina. Chica huye. No podía culparlas.

Pero tranquila, chéri. He tenido muertes peores. Tú ya sabes perderte. Yo sigo en mi camino. Cuando no seas arena, dejaré de encontrarte en él.

Sweet

jueves, 3 de marzo de 2011

Crónicas del poeta iluso

Ella era una soñadora, una de esas personas de alma sutil que encuentran poesía en lo vulgar de la ropa tendida al sol. Una de esas mujeres que buscan a un bailarín experimentado de la cuerda floja para hacer malabarismos con sus silencios a media tarde. Y lo encontró.
Él era un mimo de lo cotidiano, un escultor de las palabras. No tardó en hacerla actriz principal de los poemas más tórridos, de los relatos más leves y de las funciones donde el mundo no era más que un simple extra sonrojado a la sombra de la presencia de ella. Era un simple títere mecido en manos de la poesía, a la que se acostumbró a tratar como a ese monumento adolescente que se podía permitir el lujo de rehusar un baile con un tipo como él. Exactamente igual que su musa.



Sweet


viernes, 11 de febrero de 2011

Comienzos

Érase una vez... No, no me gusta empezar así una historia. ¿Qué pensáis? ¿Quedaría mejor un “había una vez”, un “érase que se era” o un “dicen qué”? ¿No? ¿No opináis? Podríais sugerir algo en lugar de limitaros a leer. Aunque me acabo de dar cuenta de que ya he empezado, y justo de la forma que menos me gusta, con un “érase una vez”. Empezar una historia siempre me pareció lo más difícil. Mi abuela solía decirme que para empezar a contar una historia sólo hace falta una cosa: un café cargado, y siempre se burlaba de los escritores que decían en sus entrevistas que lo más importante era la visita de las musas... Supongo que cada uno las llama como le viene en gana. Mi abuela no sabía leer. Ella no daba conferencias, ni publicaba libros, y tampoco concedía entrevistas en revistas culturales, pero sabía contar una historia. Cuando era pequeña, todas las noches me contaba un cuento. No un cuento cualquiera, de los que tienen princesas, castillos y hombres lobo, sino una cuento sobre ella. ¿Un cuento sobre ella? Sí, un cuento sobre ella. Tomaba cualquier anécdota, la más tonta, la más insignificante, y hacía un relato con ella. Era magnífico escucharla. Con su café cargado en las manos a las diez de la noche, su bata de andar por casa y el tono cadencioso de su voz... Y os digo una cosa: no sólo conseguía estructurar la historia que ya le gustaría a la mismísima Isabel Allende, sino que hacía partícipe de la historia a todo aquel que tuviera la suerte de escucharla. Sí, creo que a ella también la visitaban las musas (perdón, era culpa del café!)... Vaya, os dejo. Creo que acaba de venirme la inspiración. Voy a empezar con...



Sweet

martes, 8 de febrero de 2011

Mi chica

Mira, tío, ¿ves a aquella de allí? La morena. Esa es mi chica. Mira qué ojos, mira qué boca, mira qué manos, mira qué piernas. Mira con qué garbo pide un whisky. Mira con qué glamour enciende ese cigarrillo. Mira con qué soltura se mueve hacia aquí.
Y no sólo eso. Es capaz de seguir la letra de cualquier canción. La que sea. Y puede recitar de memoria los sonetos clásicos, recomendarme las mejores películas. Mi chica es tan inteligente...
Mi chica es capaz de bailar sin moverse del sitio, de componer silencios y de nadar entre las dudas. Mi chica es increíble entre las sábanas. Mi chica es alucinante.
Creo que la voy a cambiar por una de esas más planas.



Sweet

sábado, 15 de enero de 2011

La chica que aprendió a volar con plantas


La historia de una chica que se sentaba al principio de la clase y siempre levantaba la mano para contestar. Una con la mirada limpia y la mente turbia. Una que tenía la cualidad de no hacerse visible sino cuando era imprescindible. Una que aspiraba, por encima de cualquier otra cosa, a levitar como una pompa de jabón. Leve e irrisoria.
Esta es la historia de una chica que aprendió a volar con plantas.